Cursores

29 de noviembre de 2013

no hace falta estar debajo del agua para sentir que te estas ahogando.

De pequeña solía fijarme debajo de mi cama, antes de ir a dormir, asegurándome de que no había ninguna criatura extraña, algún monstruo intruso en mi habitación que por la noche decida asustarme. Hoy en día deje de hacerlo, primero porque crecí. Segundo, porque nada ni nadie cabría en el espacio entre el suelo de madera y el somier. Aunque aún le temo a los monstruos, más que antes aún, porque verdaderamente no viven escondidos debajo de nuestras camas; sino dentro de nosotros mismos.
El miedo es un sentimiento que muchas veces es difícil de explicar, de describir, o más bien, de afrontar. Es lo que detiene a las personas, la eterna lucha por ganarte. Es ese sentimiento de asfixia que duele, duele porque no es ajeno, es el más claro y limpio espejo de vos mismo. El, el miedo te tapa la boca, los ojos, los oídos, o ¿somos nosotros mismos quienes lo hacemos?
Es mucho más fácil huir, el problema es hasta cuando el miedo te permite hacerlo. Te escondes en tu propia obscuridad tratando de engañarlo, de engañarte. Pero no dura para siempre, el miedo se aburre, se aburre de contar para atrás porque siempre demora lo mismo en encontrarnos y no demora nada en atraparnos. Es como ahogar a un pez. No podes ahogar tus demonios porque saben nadar. El miedo siempre será tan fuerte como vos, porque somos nosotros mismos, y solo nosotros mismos decidimos dejar de temernos. 


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